domingo, 14 de abril de 2013

Casualidad

Lo conoció en su primer año en aquel internado, y por pura casualidad. Siempre pensó que fue la casualidad quien la llevó hasta ese compartimento del tren, que la llevó hasta él. Y es que, en ese momento, lo único que pensó fue que tener tantas pecas no debía ser bueno. Desde ese día fueron inseparables. Él siempre estaba allí para ayudarla con aquella redacción que tanto se le resistía, y ella siempre le ayudaba a estudiar para esos exámenes que tan nervioso le ponían. Con el tiempo se convirtieron en los mejores amigos. Ella iba a verlo a los entrenamientos y a todos los partidos; él pensaba que ella era su amuleto de la suerte. Cuando alguno de los dos estaba enfermo, el otro se pasaba todo el día en la enfermería, hasta que la enfermera lo mandaba a clase o a su habitación porque era muy tarde. Siempre que salían del internado, iban a la tienda de chucherías más famosa del pueblo y él le compraba el caramelo más grande que podía encontrar. Cada San Valentín, ella le ayudaba a esconderse del club de fans que se había formado gracias a que él era el capitán del equipo. Con el paso de los años, la gente empezó a pensar que eran pareja, incluso sus familias, pero ellos siempre lo negaban. Pero pasó lo que todo el mundo pensó que pasaría. Los abrazos se volvieron más largos y los besos en la mejilla cada vez se acercaban más a los labios. Los roces de manos en los pasillos dejaron paso a largas sesiones de besos en algún aula vacía o en los vestuarios. Ella todavía se ríe al recordar la primera vez que los pillaron en una de aquellas aulas, su pintalabios por todo el cuello de él y su camisa más abierta que cerrada. Él no se ríe al recordar la regañina de sus padres al enterarse. A estas alturas, ella ya había contado todas las pecas de su cuerpo. Pero todo esto terminó seis años después de haber empezado, cuando él terminó sus estudios y se marchó a otro país a trabajar. Ella lo amaba demasiado para pedirle que la antepusiera a su trabajo, así que le entregó su corazón y le dejó marchar. Siguieron en contacto, pero llegó el momento en el que los dos estaban demasiado ocupados para responder a las cartas que el otro escribía.
Pero parece ser que la casualidad que volvieran a encontrarse. Por eso, cuando recibió la invitación a la boda del hermano del que siempre había sido su mejor amigo, pensó que sería su oportunidad de volver a verlo. Y allí estaba ella, enfundada en un vestido rojo, hablando con gente a la que siempre había considerado familia y que la trataban como tal; pero él no aparecía. Lo que no fue casualidad fue que una mano se posara en su hombro, y que al darse la vuelta lo encontrase allí sonriendo. Y en ese momento , lo único que pensó fue que tener tantas pecas no debía ser bueno.

1 comentario:

Zaylassa dijo...

Charles Wealey y su pasión por los dragones nunca cambiará... Por lo menos Hagrid puede estar tranquilo, Norberta está bien a su cuidado.

Y LAS PECAS MOLAN QUE LAS TENGO YO JOPE!!!

Lucy, chica.... no sé cómo lo haces, pero siempre escribes relatos maravillosos. Consígueme a un Weasley!!!!!!!!!!!!!! O a cualquier chico perfecto de libro que me quiera...