sábado, 13 de agosto de 2011

Paris

La primavera se cernía sobre Paris tiñendolo todo de colores, el verde de los árboles, el celeste del cielo y el colorido de las flores que crecen en los parques y jardines. El amor se respira en el aire por toda la ciudad, por todas partes se ven parejas de la mano, en la orilla del río, en cafeterías tomando un café... y allí es donde empieza nuestra historia. Paseando por la calle con unos pantaloes cortos de cintura alta color azul marino con botones dorados y una camiseta de media manga de rayas rojas y blancas, encontramos a Marie buscando un café tranquilo en una ajetreada tarde de principios de abril. En una callejuela del centro encuentra una pequeña cafetería de barrio praticamente vacía. Entra, encuentra una mesa alejada de la puerta y se sienta, mira la carta, la cierra justo cuando el camarero llega a su mesa.
-Buenas tardes mademoiselle, ¿sabe que quiere tomar ya o vuelvo luego?- pregunta el chico. Marie se ríe, no está acostumbrada que se dirijan a ella de esa forma. Lo observa con más atención. Es moreno con el pelo color chocolate y los ojos castaños, lleva una camiseta negra de manga corta, vaqueros y un delantal, obviamente por trabajo. Decide seguirle el juego a ver qué pasa.
-Pues había pensado en pedir un chocolate caliente, con dos nubes y un muffin de chocolate. Pero mejor me traes dos muffins.- contesta sonriendo.
-¿Y puedo saber a qué se debe ese repentino cambio de opinion?
-Porque me apetece hablar con alguien y he pensado que quizá algún apuesto camarero quisiera pasar un rato charlando...
El chico la mira sonriendo, sopesando la propuesta. Finalmente contesta:
-Enseguida vuelvo.
Marie aprovecha para echarle un vistazo al local. No es muy grande pero si muy acogedor, con muebles de madera oscura y cómodos sillones cerca de un chimenea. El sitio perfecto para pasar un tarde de invierno.
Se da cuenta de que solo hay otra mesa ocupada. En uno de los sillones hay una señora mayor haciendo punto y tomando una taza de té. La señora sonrie a Marie y ella le devuelve la sonrisa. A los pocos minutos vuelve el chico con el chocolate y dos muffins. Hace ademán de hablar con ella pero un hombre mayor de aspecto cansado le grita desde la puerta.
-Louis, tu madre y yo tenemos que irnos a hacer unas compras, ¿te importa quedarte a cargo del café?
-De acuerdo papá.
-Muy bien.- le dirigió una larga mirada a Marie y después añadió- No entretengas a la señorita más de lo necesario.- y acto seguido salió por la puerta. Cuando se hubo alejado la señora mayor que estaba haciendo punto esbozó una pícara sonrisa y le dijo al camarero:
-No te preocupes Lou, yo te aviso si alguien entra. Descansa un rato.- y nos guiñó un ojo.
Louis se sentó frente a Marie, que ya había dado un sorbo al chocolate.
-Así que, ¿invitas a menudo a menudo a los camareros?- preguntó él sonriendo con picardía.
-Solo a los guapos que no tienen mucho trabajo y a los que no les importa tratar con una cabezota como yo- respondió ella con increible sinceridad.
-¿Puedo saber qué te trae a este apartado rincón de Paris?
-Iba buscando un lugar tranquilo para pasar la tarde estudiando. Pero en lugar de eso estoy compartiendo muffins con un completo desconocido...- se quedó pensativa, le dió otro mordisco al muffin y al final se encogió de hombros- Dicen que hay que salir de la rutina, ¿no?
Siguieron hablando todo y de nada en particular durante otra hora, hasta que Marie tuvo que marcharse. Le dejó una buena propina a Louis y como despedida le dio un beso en la mejilla. Salió del café sonriendo y prometiendose a sí misma que volvería.
Y volvió. Volvió cada martes, cada semana, siempre a la misma hora. Cuando los padres de Louis se marchaban a comprar ellos compartían un chocolate, un muffin, un café... siempre bajo la mirada sonriente de la señora que tejía punto, que Marie pronto descubrió, se llamaba Charlotte. Lottie, como Louis la llamaba, vigilaba por si entraban los clientes o por si los padres del chico volvían antes. Y disfrutaba cada segundo que los veía juntos.

Todavía si pasas por una de las callejuelas de Paris, encontrarás un café practicamente vacío. Si entras un martes encontrarás a una señora mayor que hace punto sonriendo al ver a una joven pareja besandose y compartiendo un muffin de chocolate. Y si vuelves a mirar entenderás por qué me gustan tanto las cafeterías tranquilas y sin bullicio.